Primera Alianza

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Curso septiembre

Primera Alianza es un programa de protección del menor cuyo objetivo nuclear es fortalecer o reparar las relaciones afectivas tempranas entre niños en edad preescolar y sus cuidadores primarios, en familias afectadas por diversas formas de trauma o en riesgo de exclusión social. Se trata de un programa breve, de carácter grupal, basado en la experiencia. Esto implica el uso de una metodología orientada a activar procesos de cambio basados en la autoobservación, entre otros. El videofeedback y el uso terapéutico de los grupos constituyen las dos herramientas metodológicas básicas del programa.

 

Esta formación está destinada a dotar al alumno de los recursos básicos de evaluación de familias, formulación de caso e intervención que constituyen Primera Alianza. Se trata de una formación eminentemente práctica, basada en el análisis de vídeos de interacción, el análisis de entrevistas a a padres, el role-playing y el procesamiento grupal de una serie de principios teóricos y técnicos.

 

Primera Alianza se basa en la Teoría del Apego y en el Psicoanálisis Interpersonal. Sin embargo, no se incluye en esta formación una exposición detallada de los principios de estas teorías, ya que es una formación fundamentalmente orientada a PROFESIONALES. Se presupone una serie de conocimientos básicos de estos paradigmas teóricos. En eses sentido, uno de los requisitos del curso es conocer mínimamente estas claves teóricas.

Curso septiembre

 

 Ficha de inscripción

 

 

Durante los días 23, 24 y 25 de mayo de este año, la Dra. Patricia Crittenden ofreció un curso titulado Apego y psicopatología en los primeros años de vida, organizado por el proyecto Primera Alianza, del Instituto Universitario de la Familia. Patricia Crittenden es una de las representantes fundamentales de la Teoría del Apego, así como una importante psicopatóloga del desarrollo. La Dra. Crittenden dedicó las aproximadamente 20 horas de curso a exponer su visión del desarrollo de las relaciones afectivas entre el niño y sus cuidadores desde el principio de la vida, y de las estrategias más adecuadas para apoyar a las familias que son propensas a desarrollar relaciones de apego inseguras, marcadas por la negligencia o el maltrato infantil, entre otros. Al curso asistieron fundamentalmente profesionales del mundo de la protección del menor, terapeutas familiares e infanto-juveniles, académicos y alumnos de posgrado, provenientes de distintos puntos de España e incluso del Reino Unido.

La Dra. Crittenden no dejó indiferente a nadie. Puso sobre la mesa algunos datos de investigación que resultaron novedosos e impactantes. Compartió preguntas que, a pesar de tener una difícil respuesta inmediata, necesitan ser planteadas. Nos enfrentó a controversias estimulantes y, en algunos casos, dolorosas.

A continuación, resumimos 8 conclusiones especialmente novedosos, impactantes y útiles que se desprendieron de la exposición de la Dra. Crittenden:

 

Uno: Es importante comprender antes de actuar.

Los profesionales que atendemos a niños expuestos al riesgo, tendemos a actuar rápido. Tratamos de asegurarnos de que el niño salga de la “zona de peligro” rápidamente y, para ello, nos esforzamos por modificar el comportamiento de los padres y madres que hacen daño o descuidan a sus hijos.

Frente a las aproximaciones eminentemente reactivas, basadas en cambiar el comportamiento de los padres, la Dra. Crittenden defiende una visión comprensiva, basada en comprender qué causa y organiza dicho comportamiento. ¿Cuál es la historia relacional de los padres que hacen daño a sus hijos? ¿Cuáles son los peligros que perciben los padres durante el ejercicio de la parentalidad, y en qué sentido sus prácticas de crianza pueden funcionar como una protección frente a dichos peligros? ¿De qué forma contribuye indirectamente el niño a activar o mantener en sus padres estas prácticas de crianza disfuncionales? ¿De qué maneras contribuimos los profesionales y las instituciones, sin darnos cuenta, a hacer que los padres sean menos competentes o vivan con mayor desagrado su rol de cuidadores? Estas preguntas exigen observación y exigen tiempo, pero son el único camino para asegurarnos de que nuestra intervención se ajusta a las lógicas (muchas veces invisibles) del funcionamiento de cada familia.

Dos: el comportamiento problemático tiene una función

Con cierta frecuencia, se asume que las dificultades psicológicas de los niños son suyas. Los problemas de atención, las dificultades para conciliar el sueño, los trastornos alimentarios, la conducta perturbadora o los trastornos de ansiedad, entre otros, son considerados una propiedad del niño como individuo. Por el contrario, desde una perspectiva centrada en el vínculo, las dificultades y los síntomas del niño se comprenden como una propiedad de las relaciones inseguras o directamente dañinas en las que el niño participa. De hecho, muchas de las conductas que contemplamos como parte de un trastorno psicológico infantil, funcionan en realidad como estrategias para aumentar la probabilidad de que los padres, a los que el niño tanto necesita, estén disponibles, se hagan presentes o reduzcan sus ataques (baste como ejemplo los comportamientos desafiantes de algunos de los niños a los que tratamos: con estas conductas, el niño es capaz de obtener la atención y la disponibilidad de unos padres que, de otra forma, no estarían disponibles).

Tres: cambiar el contexto, no cambiar al niño

El punto anterior tiene una consecuencia fundamental: cuando tratamos de ayudar a los niños con problemas, no incidimos sobre sus síntomas o conductas, sino sobre el escenario relacional en el que viven. Una vez reducido el peligro que el niño vive en sus relaciones de apego, su funcionamiento evoluciona hacia la salud. Por ello, la terapia del niño debe ser siempre una terapia familiar. Esto se concreta en sesiones con la familia al completo, solamente con los padres, o incluso con el niño individualmente, pero siempre tratando de modificar las contingencias que gobiernan las relaciones afectivas dentro de la familia, y no de modificar al niño.

Cuatro: la historia es un condicionante del futuro

El curso de la Dra. Crittenden puso en evidencia cómo los padres cuidan de sus niños de formas que están profundamente influidas por las experiencias que tuvieron cuando ellos mismos eran niños.

En algunos casos, esto adopta el formato de un efecto péndulo. Por ejemplo: el padre que de pequeño fue tratado con indiferencia y frialdad por sus padres, se convierte en un cuidador sobreprotector e invasivo; la madre cuyos padres fueron exigentes y críticos trata a sus hijos permisivamente, sin hacerse cargo de su propia autoridad o sin responder a la necesidad de sus hijos de normas y límites que organicen su comportamiento; etc.

Este principio nos pone sobre la pista de uno de los caminos fundamentales para la intervención: comprender la historia relacional de los padres a los que tratamos.

Cinco: el niño se adapta activamente a las relaciones

Una de las motivaciones biológicas fundamentales del niño es la de obtener cuidado por parte de adultos maduros. Durante miles de años de evolución, esto ha permitido a nuestra especie sobrevivir en un mundo cargado de peligros. Así, desde que somos bebés, nuestros organismos se esfuerzan por maximizar la atención y la disponibilidad de nuestras figuras de apego (al principio, nuestros padres biológicos) de cara a asegurarnos la protección que necesitamos frente a los depredadores, el hambre, la incapacidad de defendernos con autonomía, o la complejidad del mundo social en que nacemos.

Siendo ésta una motivación fundamental, el niño organiza su comportamiento de cara a asegurarse la disponibilidad de los padres, incluso en los casos en que estos son impredecibles, indiferentes, violentos, distantes o débiles. Desde temprano, el bebé es capaz de poner en marcha ciertas estrategias que hacen que sus cuidadores estén más cómodos con él, no se alejen de él, o no le hagan daño.

Por ejemplo, la investigación nos demuestra que, cuando el bebé establece el apego con una padre o madre depresiva y poco disponible, a partir de los 18 meses sus conductas comienzan a hacerse cada vez más llamativas o molestas, de cara a “reanimar” y recuperar la presencia psicológica de una figura de apego que suele ser distante. Esto explica cómo algunos de estos niños acaban desplegando conductas de riesgo, conductas desafiantes, rabietas inconsolables, o incluso agresividad hacia sus padres: en todos los casos, no se trata tanto de un trastorno del niño, como de una serie de estrategias que el niño despliega para recuperar al cuidador.

Seis: la escuela como segunda oportunidad

Muchos de los que trabajamos en el marco de la psicología del apego, tendemos a pensar que las estrategias empleadas por el niño para obtener protección cristalizan alrededor del tercer año de vida y que, por lo tanto, el destino del niño se escribe muy pronto. Sin embargo, la Dra. Crittenden señaló que los años de la escuela abren una nueva ventana de oportunidad para el desarrollo de nuevas formas de comportamiento relacional, quizás más adaptativas y ricas que las aprendidas por el niño en la familia.

Cuando entra en el colegio, el niño se incorpora a una comunidad de relaciones con iguales y con otros adultos. Estas nuevas relaciones ofrecen la posibilidad de enriquecer el repertorio de estrategias con las que el niño se mueve en el mundo. Así, el niño que creció “pensando” que la única forma de obtener protección era portarse mal y provocar a los adultos, puede descubrir que este resultado es alcanzable de otras formas más creativas y maduras, tales como cooperar, pedir ayuda, ayudar a otros, o comunicar respetuosamente el propio malestar.

Por ello, las experiencias sociales y emocionales que el niño vive en la escuela constituyen una importantísima oportunidad evolutiva. Especialmente, señaló la Dra. Crittenden, los maestros y profesores pueden funcionar como figuras de apego complementarias y reparadoras en la historia evolutiva del niño. 

Siete: comprensión, compasión y fortalezas

Es habitual que percibamos a los padres que dañan o desatienden a sus hijos como limitados, desviados o incluso “malos”. Sin embargo, existe un lugar distinto desde el que mirar a las familias vulnerables.

Todas las prácticas de crianza provienen de una historia relacional vivida en el pasado por los padres, tal y como se ha señalado más arriba. Esto es especialmente importante como principio a la hora de escuchar y comprender a las familias que son dañinas con sus hijos. Asimismo, las formas de parentalidad que más nos preocupan, frecuentemente tienen sentido en el marco de la cultura en que se desarrollan. Por ejemplo, en los contextos donde la supervivencia del bebé no está asegurada, los padres tienden a desplegar patrones de crianza basados en la distancia afectiva. Esto es observable en los países empobrecidos, donde el niño recibe desde temprano un trato orientado a hacerle fuerte frente a los peligros que le esperan, tales como la deprivación, la falta de acceso a los recursos, o la violencia en las relaciones. Asimismo, esta frialdad es una forma posible de proteger a los padres frente al dolor desbordante de la pérdida de un hijo: estando lejos desde el principio, la muerte del bebé duele menos. En el otro lado del espectro, sociedades relativamente prósperas como la nuestra invitan a los padres a ser cálidos, y a preparar al niño para un mundo que muy probablemente será amable, rico y relativamente seguro. En un momento de su exposición, la Dra. Crittenden llegó a afirmar que la cultura es un conjunto de “formas en que nos conectamos”, aludiendo al papel que tienen las costumbres y prácticas culturales de organizar las relaciones padres-hijos dentro de un contexto de mayor o menor riqueza y seguridad.

Por lo tanto, antes de juzgar las prácticas parentales como malas o buenas, es útil preguntarnos si son adecuadas al contexto en que los padres han crecido y/o en el que los niños probablemente crecerán. Cambiar el comportamiento de los padres, cuando éste tiene sentido culturalmente, puede ser ineficaz y contraproducente. Por el contrario, entender a los padres como hijos de su historia y de su cultura nos permite desarrollar una compasión informada hacia ellos, algo que pronostica un camino de intervención más exitoso.

Ocho: el profesional como figura de apego

¿Cómo promovemos el cambio en los padres que desatienden o hacen daño a sus hijos? ¿Por dónde empezar? 

La Dra. Crittenden afirmó que los padres con dificultades no se beneficiarán nunca de las intervenciones educativas: enseñar a estos padres cómo deben actuar no sólo no ayuda, sino que puede aumentar la sensación de estigma o su sentimiento de ser inadecuados o destructivos. El centro de la intervención debe cambiar de lo instruccional hacia un planteamiento centrado en ofrecer a los padres las experiencias  de seguridad que apenas han tenido durante su historia relacional. En ese sentido, la Dra. Crittenden defendió que los profesionales podemos funcionar como “figuras transicionales de apego” para los padres más dañados, y así facilitar su paso de la vulnerabilidad a la capacidad de cuidar. Estos padres no podrán ofrecer seguridad a sus hijos hasta que no obtengan una experiencia de seguridad en la relación con los profesionales y las instituciones. Los ingredientes de dicha seguridad incluyen, por nuestra parte: la comprensión, la compasión informada, ofrecer oportunidades para probar formas de crianza nuevas en un contexto de aceptación y seguridad, la confianza en las capacidades y fortalezas de las familias, el respeto a su autonomía o la regulación de sus emociones más difíciles, entre otros. 

 

Desgraciadamente, la violencia de género intrafamiliar sigue siendo una realidad en muchos hogares. La Asociación A.P.I.M.M. organiza próximamente (31 de mayo y 1 de junio) unas jornadas para profesionales donde el foco principal está puesto sobre los niños que conviven en dichos hogares.

Os invitamos a entrar en el enlace presentado al final de la noticia para conocer más detalles sobre estas jornadas que, seguro, aportarán información valiosa sobre esta realidad y nos ofrecerán herramientas que poder aplicar en nuestro quehacer profesional. 

https://www.apimm.org/la-infancia-es-noticia/eventos/jornadas-2017/

 

 

¡Exclusivo para profesionales que ya han recibido la formación en el Programa de intervención Primera Alianza: Mejorando los vínculos tempranos!

El próximo 26 de abril de 2017, de 16:00 a 20:00 horas, en el centro de Intervención Psicosocial de la Universidad Pontificia Comillas (UNINPSI, C/Mateo Inurria, 37) realizaremos un taller titulado "Tener al niño en mente: intervenciones para promover la mentalización en el trabajo con padres".

Os dejamos la información a continuación:

 

 

Primera Alianza: Taller de formación continuada

"Tener al niño en mente: intervenciones para promover la mentalización en el trabajo con padres".

 La mentalización parental es un conjunto de procesos que permite a los padres reconocer los estados internos (emociones, necesidades, creencias, deseos...) que subyacen a la conducta de sus hijos, y transmitir a los mismos dicho reconocimiento. Gracias a la mentalización, el bebé y el niño pequeño comienzan a adquirir algunas de las capacidades esenciales del funcionamiento social y de la resiliencia: la capacidad para diferenciar y regular sus propias emociones, la capacidad para comprender y predecir el comportamiento de los otros, o la empatía. Más de dos décadas de investigación nos demuestran que la mentalización parental es uno de los factores que marcan la diferencia entre las relaciones de apego seguras y aquellas que se caracterizan por la inseguridad o el trauma. Se trata, por lo tanto, de una variable fundamental para el trabajo con familias en los contextos clínico y psicosocial. 

 El presente taller tiene como objetivo revisar algunos de los postulados fundamentales de la teoría de la mentalización, estudiar su papel en las relaciones tempranas de apego y, fundamentalmente, adquirir algunas  herramientas esenciales de la terapia basada en la mentalización con padres y familias. La pregunta que guiará el programa del taller es la siguiente: ¿cómo podemos hablar con padres y madres dañados por el estrés, la adversidad o el trauma, de cara a reactivar sus capacidades mentalizadoras con respecto al niño?

La metodología del taller combinará la exposición teórica con el análisis de casos, la práctica de una "postura mentalizante" por parte del profesional, y la práctica  de intervenciones específicas que ayudan a los padres a reconocer el mundo interno de sus niños. Se explorarán también algunas de las experiencias que pueden bloquear las capacidades mentalizadoras del profesional que trabaja con familias de alto riesgo. 

 

El coste es de 73€ y el aforo es limitado, sobre todo por el carácter práctico del taller, por lo que te animamos a reservar plaza cuanto antes.

Si ya te has formado con nosotros en el programa de intervención Primera Alianza: Mejorando los vínculos tempranos, y deseas apuntarte a este taller, escríbenos y te contamos cómo hacerlo ( Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. )

 

El 15 de marzo se celebrará en la Universidad Pontificia Comillas una jornada que girará en torno al papel de las emociones en los procesos psicoterapéuticos. La jornada estará protagonizada por Leslie Greenberg, fundador y máximo representante de la Terapia Focalizada en la Emoción (TFE), un modelo de intervención humanista basado en algunas de las tradiciones que inspiran también nuestro proyecto: la psicología de la emoción, la neurociencia y los procesos de cambio en relación. 

Primera Alianza tendrá el honor de participar en este evento, a través de un taller titulado "Emociones y apego en las terapias padres-hijos", que impartirá Carlos Pitillas. 

 ¡Os esperamos!

Para obtener información sobre el programa pinche aquí

 

 
 
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